Es difícil hacer una reseña de La bola negra, el segundo largometraje para la gran pantalla de Javier Calvo y Javier Ambrossi, después de ganar el premio al Mejor Director en el Festival de Cannes y ser la vencedora absoluta en el Festival de Toronto. Los elogios han sido mayúsculos , pero también ha habido algunos comentarios bastante negativos, en muchos casos provenientes de personas que no han visto el filme. Este periodista ha intentado en lo posible abstraerse de unos y de otros.

Los Javis, que así se hacen conocer popularmente la pareja de cineastas, han realizado un largometraje con unos propósitos irrefutables: mostrar los problemas a los que se han tenido que enfrentar la comunidad LGTBIQ+ en el último siglo. Lo hacen tomando como punto en común la figura de Federico García Lorca, fusilado por su doble condición de izquierdista y gay, y tomando como punto de partida una obra de teatro inacabada, la que da título al filme, que tiene como protagonista a un hombre homosexual.

El dúo de realizadores ha ideado un guion, junto al dramaturgo Alberto Conejero, que se desarrolla en tres épocas distintas de la historia de España. La primera es 1932, donde tiene lugar la pieza teatral aludida acerca de un joven que es rechazado como socio de un casino por sus relaciones con hombres. La segunda avanza hasta 1936 cuando un trompetista, miembro del bando nacional, cuida a un hombre herido perteneciente a los republicanos. Por último, la última se ambienta en 2017, cuando un historiador gay investiga la herencia que le ha dejado un abuelo al que no conoció. Estas tres tramas acabarán confluyendo finalmente.

La estructura recuerda al filme Las horas (Stephen Daldry, 2002) , que curiosamente también abordaba una historia eminentemente homosexual, y cuenta con una producción excepcional donde brillan especialmente los apartados técnicos.

Sin embargo, a pesar de ello, desde mi humilde opinión, la película fracasa en varios aspectos. El principal es acudir una y otra vez al subrayado de las ideas que pretende expresar, un error muy común en el cine de Hollywood reciente y quizá una de las razones que le hagan triunfar en los premios Óscar. Lo mismo se puede decir de una simbología algo obvia, que tiene su mejor ejemplo en la imagen del trompetista del bando nacional escalando una estatua de San Sebastián, símbolo gay y ejemplo del martirio que la comunidad ha tenido que sufrir. A todo ello hay que sumar el uso excesivo de la música de Raúl Refree, que por momentos resta más que suma.

Por otra parte, algunos pasajes resultan poco menos que increíbles. No se entienden las imágenes de los soldados franquistas protagonizando actos filogays, especialmente teniendo en cuenta la represión que ejerció el dictador contra todos aquellos que se alejaban de la heterosexualidad. Tampoco parece de recibo que la escritora encarnada por Glenn Close afirme que la homosexualidad de Lorca ha sido casi escondida en España hasta este siglo XXI. Este periodista, ya en la cincuentena, estudió en el colegio que Los sonetos del amor oscuro y la obra El público dejaban al descubierto las preferencias afectivas del literato.

Pese a todo ello, la película resulta valiente y medianamente entretenida. Destacan, además, las interpretaciones de Guitarricadelafuente, como ese sensible y un tanto ignorante soldado nacional que descubre su sexualidad cuidando de un preso republicano, y Penélope Cruz, divertida como cupletista que simboliza la libertad que trajo a España la II República.

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