El cineasta Christian Petzold ha desarrollado una carrera donde el melodrama en la senda de Douglas Sirk se mezcla con unas gotas de suspense a la manera de Alfred Hitchcock. Espejo nº 3 es un ejemplo perfecto de ello.

El punto de partida es un accidente de tráfico donde una estudiante de música pierde al que hasta esos momentos era su novio. De manera misteriosa, la chica, vitalmente a la deriva, decide quedarse a vivir con una mujer madura que reside en las inmediaciones donde ha ocurrido el siniestro. Pronto se establecerá entre ellas un particular cariño maternoficial que acabará afectando al marido y el hijo de la dueña de la casa, que se habían distanciado de ella tras la muerte de su hija.

Como en Vértigo, la joven accidentada se irá convirtiendo poco a poco casi en una réplica de la fallecida. Ambas acabarán llevando la misma ropa y haciendo casi las mismas actividades. Por otra parte, la cinta nos va sumergiendo en la historia de un clan destrozado por la desaparición de sus miembros.

Es cierto que el cineasta se encuentra lejos de los logros de las excelsas Phoenix o Bárbara, pero consigue una pequeña y hermosa película llena de silencios y situaciones incómodas.

Se beneficia, además, del estupendo trabajo de Paula Beer, actriz fetiche de Petzold en el papel de esa pianista que se introduce casi sin quererlo en el seno de una familia, y una no menos estupenda Barbara Auer, en la piel de la madre destrozada por el fallecimiento de su vástago.

Quizá algunos puedan acusar al filme de forzar algunas situaciones y giros poco verosímiles, pero sin duda los maestros Sirk y Hitchcock le darían el visto bueno.

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