No resulta extraño pensar en La plaga como una versión masculina de Carrie, el clásico de Brian De Palma basado en la novela homónima de Stephen King. Ambas nos muestran a personajes marginados por un grupo de individuos de su misma edad que no paran de hacerles la vida imposible. Las dos abordan el traumático pasó de la infancia a la edad adulta, además de introducir elementos fantásticos en un universo mayoritariamente realista.

Es cierto que la ópera prima de Charlie Polinger no alcanza el nivel de su principal referente y usa de los elementos de terror de una manera menos efectista, pero ambas aciertan en el diagnóstico bastante terrible de una edad donde la diferencia no se ver precisamente como un beneficio. Aquellos que son distintos, como subraya la primera obra del joven cineasta estadounidense, se convierten en una suerte de apestados a los que hay que despreciar. Los líderes de los adolescentes se transforman en los particulares verdugos de unos seres sensibles con problemas familiariares.

Polinger, que asume también las tareas de guion, nos sitúa en un campamento de verano donde los preadolescentes protagonistas practican el waterpolo. A él llegará un joven que intentará integrarse en un grupo de chavales que ya han participado en anteriores ediciones. Pronto se dará cuenta que la mayoría de ellos se aparta de otro niño que sufre una extraña enfermedad contagiosa que altera su cuerpo y su mente.

La cinta no es demasiado reveladora respecto al asunto de bulling que sufren muchos chicos por no acabar de adaptarse a un grupo. De hecho, además de la citada cinta de De Palma, la cinta remite en alguna ocasión a La chaqueta metálica, donde un militar patoso llegaba a sufrir las agresiones de unos compañeros que le castigaban por momentos por su falta de cualidades, un aspecto que acababa derivando en un trastorno mental.

Sin embargo, el cineasta sabe crear una atmósfera enrarecida sin recurrir siempre a los diálogos. Un ejemplo de ello son los numerosos planos subacuáticos que van reflejando la actitud de los chavales. Por otra parte, el realizador sabe sacar partido de un jovencísimo grupo de chicos que se muestran naturales y no caen en los típicos tics habituales en los actores menores de edad. Igualmente destacable es el trabajo del veterano Joel Edgerton, en la piel del sensible entrenador.

No obstante, el largometraje dista de ser perfecto. El desenlace resulta demasiado precipitado y algunos de los mensajes del filme quedan explicitados en algunos diálogos bastante obvios.

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