El envejecimiento de la población en las sociedades occidentales ha traido como consecuencia el auge de las enfermedades neurodegenerativas asociadas a la edad. El cine, como reflejo de la realidad, ha mostrado sus terribles consecuencias en cintas tan diversas como El padre, El diario de Noa, Arrugas o Siempre Alice.

Yo no moriré de amor se podría encuadrar en este grupo, aunque la ópera prima de Marta Matute no pone el foco tanto en el propio enfermo como en las consecuencias en el grupo familiar. Así comprobamos como el alzhéimer impacta en una mujer en la cincuentena, pero también en su marido y sus dos hijas que se encargan de cuidarla.

Así asistimos al desconcierto inicial de todo el clan ante los síntomas leves que va dejando paso con el tiempo a sentimientos de ira y desesperanza, además de provocar los conflictos acerca de quién debe afrontar la carga mayor en el ámbito de los cuidados. En este aspecto, el gran peso recae en una joven casi adolescente que tendrá que pasar de la casi negación de la enfermedad hasta la resignación. Todo ello mientras va renunciando a algunos elementos de su tiempo libre y su vida afectiva.

Se nota que la directora ha pasado por una experiencia parecida a la que se cuenta en su debut. Como muy bien refleja el título, hay muchas emociones más allá del cariño que van aflorando a lo largo del transcurso de una enfermedad que erosiona no solamente al afectado si no también a su entorno más cercano.

Matute muestra el panorama en toda su crudeza, pero sin dramatismos innecesarios, escogiendo muy bien los momentos que son representativos en cada etapa del alzhéimer. En este aspecto, usa la elipsis y el fuera de campo de manera maestra para sugerir aspectos que no aparecen en pantalla.

A todo ello hay que sumar su primorosa forma de dirigir actores. Sonia Almarcha refleja estupendamente el desconcierto de esa mujer que se va perdiendo dentro de sí misma, mientras que un magnífico Tomás del Estal plasma con su actuación el estoicismo de ese esposo que hace lo que puede mientras observa como la personalidad de su pareja se va diluyendo. Lo mismo se puede decir de Laura Weissmahr, encargada de dar vida a la hija mayor, y especialmente Júlia Mascort, intérprete debutante que se pone la piel de esa postadolescente que se ve obligada a renunciar a muchas cosas por cuidar a su madre.

Sin ninguna duda, Yo no moriré de amor se convierte en uno de los mejores debuts españoles de 2026.

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