Internet está siendo una particular escuela para algunos de los nuevos realizadores del nuevo cine de género. El caso más sorprendente es el de Kane Parsons, un realizador en la veintena que ha triunfado en su canal de YouTube cuando era un mero adolescente con dos series: Backrooms y The Oldest View. Ambas tienen un punto en común: sacar provecho de la intranquilidad que producen los espacios semivacíos.

Su éxito en la red de redes ha provocado que A24, la productora independiente responsable de títulos como Heredetary o La bruja, le haya fichado para dirigir su primer largometraje, Backrooms, inspirado elementos de su primer éxito.

La cinta nos cuenta la historia de un dueño de una tienda de muebles que encuentra en el bajo del establecimiento una particular puerta a un espacio extrañamente familiar, pero inusualmente vacío. Pronto se lo contará a su psiquiatra, aunque esta última no le acabará de creer hasta que él desaparezca y ella misma se adentre en ese particular mundo.

Parsons sabe crear una atmósfera malsana y crear suspense con los mínimos elementos. El inteligente uso de la cámara subjetiva y un magistral uso del sonido junto a una sabia dirección artística logran que el espectador se interese por lo que está viendo. No obstante, dista de ser nuevo. Por momentos, la cinta parece hija del Stanley Kubrick de El resplandor, el David Lynch de Twin Peaks y el Vicenzo Natali de Cube. A todo ello hay que añadir elementos propios del sobado género del found footage.

Ayudan al resultado final las interpretaciones de dos grandes actores como Chiwetel Ejiofor y Renate Reinsvee, en la piel de los torturados personajes del dueño de la tienda de muebles y la psiquiatra, respectivamente.

Lástima que el guion de Will Soodik sea algo perezoso a la hora de desarrollar este particular mundo de los backrooms más allá de amplificar los miedos y las obsesiones de aquellos que se adentran en tan peculiares espacios. Todo ello provoca que la película se disfrute durante su visionado, pero no aguante demasiado el análisis detenido de aquello que cuenta.

No obstante, la ópera prima se aleja lo suficiente del susto fácil y el gore como para ser un referente en un género que muchas veces resulta demasiado trillado y poco sutil.

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