Las películas que se desarrollan en prisiones se han convertido en un subgénero. Como tal tiene una serie de lugares comunes, entre los que se encuentran la guerra por el control de la cárcel de distintas facciones de los encarcelados, las frecuentes peleas entre ellos y la adicción de muchos a sustancias estupefacientes. Estos elementos aparecen en Hombres de acero, ópera prima en el largometraje de Cal McManu, aunque esté lejos de ser una cinta más.

El filme sigue los pasos de Taylor, un preso drogodependiente que se encuentra a punto de beneficiarse de la libertad condicional que le permitiría reunirse con su hijo, al que dejó a cargo de su madre cuando fue condenado. No obstante, su vida en prisión dará un vuelco cuando llegue otro preso que se encargará de trapichear en la propia prisión. Pronto se establecerá una aparentemente buena relación entre ellos. Esto provocará que el protagonista se enfrente a los que controlaban el negocio previamente y le pondrá en una difícil situación.

Cal McManu, ganador del premio al mejor director debutante en los British Independent Film Awards, dota al conjunto de un aire casi documental, utilizando numerosas imágenes captadas con un teléfono móvil introducido de manera ilegal en el penal. También usa en ocasiones las cámara en mano para inyectar veracidad al conjunto. Además sabe sacar partido de los limitados escenarios, imprimiendo un tono claustrofóbico y desasosegante a las imágenes.

Por otra parte, nos hace participe del malestar del protagonista, que intentará por todos los medios que la guerra de bandas no le salpique y pueda finalmente disfrutar de la libertad sin que sus actos le persigan más allá de los barrotes.

El realizador británico inyecta suspense al filme, gracias a una estupenda dirección de actores, donde destacan los trabajos de David Jonsson, en la piel del personaje principal, y Tom Blyth, como el maquiavélico compañero de celda.

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