A primera vista, La historia de Souleymane puede parecer otra película hija del cine social que han practicado los hermanos Dardenne. Algo hay en esta historia sobre un inmigrante guineano que sobrevive en las calles de París como rider. La huella de la fraternal pareja de realizadores belgas queda patente en esa cámara inquieta que acompaña muy de cerca al protagonista en todo momento.
Sin embargo, la película del francés Boris Lojkine, director de las pocos conocidas en España Hope y Camille, se convierte en un thriller que nos muestra el estrés que sufre el personaje principal durante los dos días previos a su entrevista para obtener el permiso de trabajo. Lo hace a través de un flashback que nos muestra qué le ha pasado en esas 48 horas justamente cuando se va a enfrentar a esa difícil prueba.
Gracias a un trabajo previo de documentación con multitud de entrevistas a inmigrantes, la entrevista parece cargada de verdad a la hora de mostrar los problemas que sufren muchas de estas personas. Así, siguiendo al protagonista, somos testigos de los múltiples dificultades que tienen para trabajar como riders con usuarios de plataformas de entrega que tienen que alquilar a compatriotas que ya tienen permiso de trabajo. Además nos enseñan las complicaciones para obtener alojamiento en albergues o la desesperación por encontrarse lejos de sus parejas o familiares enfermos.
A la verosimilitud del conjunto contribuye un reparto repleto de actores no profesionales excepcionalmente bien dirigidos. Destaca entre todos ellos un prodigioso Abou Sangare, un hombre que vivió en sus propias carnes algunas de las peripecias que sufre su personaje. Su labor fue galardonada con el premio al mejor actor en el festival de Cannes, donde la película obtuvo también el premio del Jurado y el Fipresci de la crítica.
En definitiva, La historia de Souleymane se convierte en uno de los mejores ejemplos de cine social de los últimos tiempos.






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