La todavía corta carrera en el largometraje de la directora Julia de Paz parece girar sobre progenitores que distan mucho de ser ejemplares Así en Ama, su debut, mostraba a una madre que se tenía que esforzar por cuidar de una hija de la que no se había preocupado demasiado hasta que una amiga con la que convivían las echó de su casa. En su segundo trabajo, La buena hija, presentada en el Festival de Málaga 2026 y versión extendida del corto Harta, nos presenta la particular relación con una adolescente con su padre separado y maltratador que acaba utilizándola para influir indirectamente a su madre.

La cineasta vuelve a dejar patente su habilidad para dirigir actores de manera natural, escribir diálogos cotidíanos e imprimir verosimilitud a sus imágenes. En esta ocasión, además, imagina una trama más compleja que la ópera prima que la dio a conocer, desarrollando más personajes y abarcando un periodo de tiempo más prologando que los que abordaba su primera película.

No obstante, ambas cintas parecen tener problemas para contar la historia una vez se ha planteado. En las dos hay elementos que se subrayan una y otra vez sin aportar demasiado a lo ya contado previamente. Paradójicamente, en La buena hija se prefiere obviar un tanto la relación entre la madre y el padre, que se intuye más que hacerse explícita. Es cierto que la directora y guionista parece huir de lo que podría haber sido una película más obvia y exhibionista respecto a los malos tratos, pero en algunos aspectos cabría exigirle un poco más de información. Estos últimos impiden que la película sea una obra importante y se quede en una cinta interesante, pero todavía algo inmadura.

Sobresalen, como ya hemos señalado, la labor de dirección de actores y unos intérpretes que saben estar a la altura, especialmente Kiara Arancibia, espléndida en su papel de adolescente que se debate entre el evidente cariño a su padre y el rechazo que le producen ciertos comportamientos hacia ella y su madre, y una magistral Julián Villagrán, que muestra la ambivalencia de un progenitor capaz de ser casi a la vez tierno y mostruoso.

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