Pedro Almodóvar revisa en Amarga Navidad algunos elementos de Dolor y gloria, la que quizá sea su película más celebrada de la última etapa del cineasta. Como en aquella cinta, el manchego crea un alter ego que también usa su propia vida y la de aquellos que le rodean como material para su obra. No obstante, en esta ocasión, utiliza un particular sistema de muñecas rusas donde una ficción se crea desde otra y esta remite a la propia realidad del autor de Mujeres al borde de un ataque de nervios.
Los personajes de cada una de las muchas películas que contiene el largometraje se construyen con los diferentes niveles de ficción y con su reflejo en la propia existencia del realizador español, aunque cambien de sexo y de nombre. Así las obsesiones del director se reflejan en las diversas tramas del largometraje. Todo ello junto a una particular reflexión sobre si es lícito utilizar la realidad personal para nutrir una obra artística, incluso si no se tiene el permiso de aquellos que sirven como inspiración.
Sin embargo, este particular artefacto funciona más en teoría que en la práctica, aunque permita que el director dé rienda suelta a todas sus temas y referencias recurrentes, pero también muchos de sus defectos. Así nos encontramos con sus particulares rasgos distintivos: el melodrama, las relaciones entre madres e hijos, el hondo vacío que deja la muerte de una progenitora, la influencia estética del pintor norteamericano Edward Hopper, la música de la cantante mexicana Chavela Vargas, los momentos cómicos que alivian un tanto los más trágicos y el habitual desfile de rostros famosos de su círculo más o menos cercano.
Lástima que este peculiar retrato que Almodóvar realiza de sí mismo no acabe de funcionar en gran parte del metraje, donde la película parece a la deriva. Solamente casi al final, a través de una acalorada conversación entre los personajes encarnados por Leonardo Sbaraglia y Aitana Sánchez-Gijón, trasuntos del propio director y su productora Esther García, somos conscientes que lo visto anteriormente es fruto de la falta de autocrítica y ombligismo del cineasta protagonista del filme, justamente lo que acaba sepultando todo en un largometraje que contiene muchos otros.
Sin embargo, pese a este interesante momento, nada justifica que la película navegue sin rumbo durante mucho tiempo con muchos personajes que parecen justificados por el intérprete más o menos popular que los encarna, mientras que otros que podían dar de sí se quedan apenas esbozados. Ni actores del calibre de Bárbara Lennie, Quim Gutiérrez o Victoria Luengo acaban de brillar por culpa de unos papeles poco desarrollados.
Sin duda, Amarga Navidad resulta más interesante por lo que plantea que por lo que consigue.






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